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Disciplina Positiva

La primera fue hace unas semanas en un supermercado. Estaba la madre con el carrito haciendo la compra y el niño (de unos 7 años) un poco más atrás cogiendo una maceta con flores muy coloridas que le había llamado la atención. Llamó a su madre a gritos y le dijo con una gran sonrisa que si se la podía comprar porque le gustaba mucho… y la madre en voz alta le respondió que “dejara las flores que eran cosas de niñas y que cómo quería que le comprara eso”… La cara del niño era un poema. Dejó la maceta en su sitio y con cara triste se cogió al carro de su madre sin entender mucho la respuesta… creo yo. Vaya conflicto que se había creado en su mente! A el le habían encantado aquellas flores.

La otra situación fue en una terraza en la que me encontraba tomando algo. Había un niño de unos 6 años moviéndose alrededor de la mesa. Correteaba y cantaba algo. Su padre estaba absorto leyendo el periódico y su madre pendiente del móvil. “Para quieeto”, es lo único que le decía la madre sin tan siquiera mirarlo. Otra vez, hasta que… “¡Qué pares quieto te he dicho!”. El niño estaba canturreando y simulando que volaba con las manos cerca de sus padres. En realidad, pensé, estaba intentando crear una realidad diferente a la que había con sus padres, que claramente no le hacían ni caso. No existía para ellos. O si… pero de qué manera…Finalmente, la madre lo cogió fuerte de brazo y le dijo con cara amenazante que o paraba quieto o iba a castigarlo hasta verano sin hacer no se qué que no conseguí escuchar. Madre mía! Hasta verano castigado por eso… El niño pegó un manotazo y se sentó en la silla junto a su padre leyendo la prensa y su madre, que siguió mirando su móvil mientras le decía lo pesado que era sin mirarlo. Estoy segura que este niño tampoco entendió nada. Yo tampoco lo entendí.

Me fascinan los niños y su mundo. Atiendo en la consulta casos concretos y en general todos tienen alta necesidad de ser escuchados, de que estés por ellos, de que les mires, les ofrezcas un espacio, cariño, atención… ¿Qué nos pasa a los adultos?

Hace unos días leí un artículo en internet que hablaba de la Disciplina Positiva. Básicamente hablaba de un método basado en relaciones de mutuo respeto. Un modelo firme pero amoroso que evita los castigos y consigue que el niño se sienta responsable y valioso.
Jane Nelsen, una reconocida profesional en el ámbito de la educación y Co-creadora de la metodología de la Disciplina positiva, reflexiona acerca de los métodos que utilizamos para que los niños obedezcan. Pensamos que haciéndoles sentir mal obedecerán… y si lo pensamos bien, no tiene mucha lógica así plasmado. Ella dice que los niños obran bien cuando se sienten bien (y les hacemos sentir bien, claro).

La Disciplina positiva se diferencia de la disciplina que conocemos del castigo, del grito, del sermón… en un aspecto que nos conduce a la constancia y la paciencia de los adultos, y es que es efectiva a largo plazo. Es un trabajo sereno, tranquilo y perseverante que ejercen los padres/madres y se basa en un modelo educativo firme que propone, como ya comentaba, el respeto y la cooperación mutua. Huye de los castigos hirientes y poco constructivos, que al final lo que provocan en el niño es resentimiento, vergüenza, culpabilidad e incluso creación de mentiras para evitar el castigo o sed de venganza por parte del niño.

Con este modelo, los niños asimilan y aprenden a cooperar, a construir una comunicación tranquila y crítica, desarrollan habilidades para resolver conflictos, aprenden a gestionar sus emociones, participan y se sienten parte de un trabajo en equipo, interiorizan autodisciplina, motivación por comprender y aprender, autoestima y muchos más valores positivos para su crecimiento.

Me pareció un modelo rico en matices y súper interesante. Las claves para poner esta disciplina en práctica serían, entre otros:

1. Mirar al niño/a a los ojos cada vez que nos dirigimos a él. (Mal para la señora que miraba el móvil sentada en la terraza que relataba al principio!). Es más fácil que nos haga caso si establecemos contacto visual y focalizamos la atención en la relación mutua.

2. Calmarnos antes de comenzar a hablar. Para solucionar el conflicto hay que crear un ambiente tranquilo donde comenzar a razonar. Si le hablamos gritando o lanzando castigos ¿qué podemos esperar que aprenda? No le damos el mejor ejemplo, está claro…

3. Ante las pataletas y berrinches intentar decirle al niño que necesitamos un abrazo en esa situación, los resultados pueden ser sorprendentes y cómo mínimo probar que ocurre en su cara y en su actitud. Pensemos que los niños, a lo largo de su etapa inicial de desarrollo, no saben gestionar sus emociones, no saben identificarlas, no poseen autocontrol… y en eso tenemos que ayudarles nosotros. Desde la calma, la paciencia, con una sonrisa y serenidad.

4. Mostrarnos amables pero firmes a la vez. La comunicación no verbal tiene que acompañar nuestro discurso, evitando el autoritarismo y la permisividad. Y por supuesto el descalificativo! ser conscientes (y decírselo) de que sabemos lo que quiere pero, hacerle ver que en ese momento no es posible (exponiendo la razón real de la negativa).

5. La conexión emocional es un vínculo valioso que no debemos desestimar. Hacerle saber lo que le queremos, pero que no puede comportarse así, preguntarle porque lo hace potencia la identificación de necesidades, conductas y emociones en el niño, haciendo que desarrolle un pensamiento propio.

6. Confiar en él/ella y en sus capacidades. Reforzarlo en las conductas positivas y valorar sus logros, haciéndole saber que hay cosas difíciles que aunque le cuesten más puede intentar conseguir.

7. Colaborar en casa. A la mayoría de los niños les gusta sentirse útiles en casa, se sienten integrados y contribuir en determinadas tareas desarrolla en ellos nuevas capacidades y habilidades, aparte de crear ambientes familiares positivos para la comunicación. Por ejemplo: Que ayude a poner la mesa mientras le decimos que una vez puesta, cenaremos y disfrutaremos de ese momento todos juntos. Así aprende a secuenciar conductas y a relacionar emociones.

8. Evitar consentir o limitar en exceso. Ninguna de las dos conductas no aporta nada bueno con el niño. Si le consentimos mucho aprende que debemos hacer todo por él/ella y si le limitamos mucho, no aprenderá donde están sus verdaderos límites y no desarrollará habilidades importantes en su desarrollo como la valentía, la curiosidad o simplemente el aprendizaje por ensayo-error.

9. Cumplir con lo dicho. Mantener lo que decimos, sino cumplimos, aprenderá que las palabras no tienen valor y no desarrollará el compromiso. No podemos pedirle lo que no le ofrecemos.

10. El ejemplo es la mejor enseñanza. Debemos ser conscientes de que estamos expresando y enseñándole. Aprenden por modelaje, no lo olvidemos.

Parece fácil leyéndolo, ahora lo complejo comienza cuando se tiene que poner en práctica. Pero es una tarea reconfortante, sin duda.

Recordemos que somos los adultos! Practiquemos con el ejemplo.

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